A pesar de que todas las entregas de este serial han sido sumamente exitosas, se dice que la cuarta temporada traerá mucho más.
Por Carlos Montaño
La primera temporada de Stranger Things llegó a Netflix el 15 de julio de 2016. Se ambientaba en 1983, en la ciudad de Hawkins, Indiana. La serie comienza con la desaparición de Will Byers, un joven que regresaba a su casa en bicicleta y que se esfuma sin dejar rastro. Su madre, Joyce Byers (Winona Ryder), no se cree el cuento de que su hijo murió, ya que ella asegura que escucha su voz y siente su presencia. A la par de esto, una joven rapada que responde al nombre de Eleven (Millie Bobby Brown), aparece en medio del bosque y no se sabe más de ella, pero el grupo de amigos comandado por Mike (Finn Wolfhard) le da refugio y poco a poco comienzan a descubrir que Eleven tiene poderes telequinéticos.
Así pues, la serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer es un homenaje a la década de los 80, con una fotografía y una estética con grandes referencias, incluso, Stranger Things es una mezcla de las cintas ochenteras (The Goonies, 1985; The Thing, 1982; Gremlins, 1984), y por si fuera poco, Sean Austin (quien fuera la estrella de The Goonies cuando era niño), tiene un papel importante en la primera entrega.
Por éstas y más razones, Stranger Things se ha convertido en uno de los mayores éxitos de Netflix. Su único problema es que se ha vuelto predecible, y aunque está comprobado que la nostalgia vende, para esta cuarta temporada necesitan entregarle al espectador mucho más.
Esperemos que tal y como lo dicen los hermanos Duffer: esta temporada será épica, pues además cuenta con un presupuesto nunca antes visto para una producción de Netflix (30 millones de USD por capítulo), el doble que los últimos capítulos de Game of Thrones.